Derroche de romanticismo
(Por Irene Bews, desde San Miguel de Tucumán)
El domingo ha amanecido gris y nostálgico. La ciudad descansa en paz, como Juan Bautista Alberdi, que, si estuviese vivo, hoy cumpliría 200 años y se vería obligado a asistir a la celebración del Día del Abogado instituído en su honor.
Obligado y, con seguridad, interiormente incómodo, Alberdi tendría que poner su mejor cara de estatua para saludar a colegas que se dicen abogados, que poseen el título académico y la habilitación profesional, pero que no están dispuestos a luchar y defender los ideales del Derecho. ¿Ideales? El plural suena raro y es hasta difícil de escribir.
Desde los tiempos de Alberdi a esta parte, la abogacía ha perdido su compromiso con el ideal jurídico. Como en tantos ámbitos de la actividad humana, los principios han sido debilitados por la generalización del pragmatismo y la supremacía del dinero. Antes, los abogados defendían a los justos y a los desposeídos. Ahora, justos y desposeídos, y hombres de bien sin distinción a menudo deben defenderse de la voracidad de los abogados.
El foro se ha convertido en un terreno colonizado por el abuso, la abyección y el lucro. El otro día, un letrado decía de lo más pancho: "me estoy enriqueciendo con el caos institucional. Por mí, que todo siga peor". Embusteros y chicaneros hubo hasta en la época de Alberdi, pero el ejercicio de la rapiña nunca ha tenido tanto predicamento como hoy en día.
Toga imaginaria
Las generalizaciones hacen mal y en verdad todavía existen abogados que van por la vida con una toga imaginaria entregando a su paso la convicción espiritual que Rudolf von Ihering propuso en su esencial ensayo "La lucha por el derecho" (1872): "no es el mero interés pecuniario el que incita a promover el litigio, sino el dolor moral por la injusticia sufrida; no se trata de recuperar el objeto, sino de hacer valer su buen derecho". Son los letrados con vocación intensa, iluminados por el estudio de una ciencia profundamente humana cuya praxis comprometida desbarata la injusticia, acalla los atropellos y eleva la calidad de la convivencia humana.
Esos abogados saben que las reglas de la ética no pueden ser negociadas y asisten turbados al comercio de servicios jurídicos despojado de honradez y buena fe. La regularidad de ese código sin código ha proliferado de tal forma que ya no asusta ni sorprende a nadie. Por resignación y (mal)acostumbramiento, tal vez por corporativismo y temor, difícilmente un juez se anime a amonestar al abogado que transgrede la etiqueta de la lealtad procesal o un colegio profesional sea capaz de llevar hasta las últimas consecuencias la función de cuidar la matrícula y depurarla de quienes, en nombre de la abogacía, desestabilizan el sistema jurídico e institucional.
Si Alberdi pidiese un informe al presidente de la comisión que controla la ética de los abogados, hallaría, para su ingenuo agrado, que en Tucumán hay una -aparente- adhesión masiva a la disciplina profesional, cuando, en realidad, lo masivo y preocupante es que no existe una tradición de reproche moral -o desprecio explícito-. Es decir, la abogacía no distingue entre buenos y malos letrados, coloca a unos y otros en un infame pie de igualdad y expone a la ciudadanía lega (que desde luego no conoce quién es quién) a caer en las garras de cualquiera.
Esperanza escasa
Quizá esta profesión entró en declive cuando los centros académicos se convirtieron en fábricas de abogados; cuando la formación del hombre y la mujer de leyes dejó de ser una tarea artesanal, una escultura tallada con la teoría de los grandes pensadores de la cultura occidental, para devenir en esa instrucción precaria que es, donde ya no hay espacio para discutir perfiles ni valores deseados.
Si Alberdi quisiese conocer rápidamente el estado de salud de la abogacía, debería perfeccionar una operación simple y sencilla: mirar hacia arriba. Es decir, explorar qué tipo de modelo profesional presentan los abogados que ejercen el poder en su provincia y en la Nación. Y la lamentable conclusión es que gran parte de los políticos y autoridades letradas exhiben una deslumbrante pobreza moral e intelectual, una disposición ostensible a emplear el Estado de derecho en beneficio propio y de los suyos, y un ánimo depredador de las instituciones.
"Los gobiernos no son jamás, pues, sino la obra y el fruto de las sociedades: reflejan el carácter del pueblo que los cría", escribió Alberdi en "Fragmento preliminar al estudio del Derecho" (1837). La máxima se extiende sin problemas a todos los ámbitos y estamentos de la sociedad, y la situación de decadencia colectiva también explica la escasez de modelos esperanzadores en el contexto de la abogacía.
La celebración de este 29 de agosto de 2010 no está exenta de melancolía e inquietud. A lo mejor por ello el domingo amaneció gris y nostálgico, porque han pasado 200 años del nacimiento de Alberdi, y el desorden que él combatía sigue activo y parece cada vez más insondable. El prócer es irreemplazable, por ello toda época necesita su propio prócer. Y si eso fuese mucho pedir, al menos la historia haría bien en proveer una legión de operadores jurídicos decentes. Perdón por el derroche de romanticismo. (dx)
¡PLUS!
*La autora es abogada y periodista, trabaja en DIXI (He dicho) desde el número I, y en este blog también ha publicado "Breves 200 años de periodismo" y "Revoluciones argentinas SA".
Este texto integra la serie que DIXI (He dicho) dedicará al autor de “El crimen de la guerra” (1870) en el año del bicentenario de su natalicio. Además, los lectores pueden consultar en este vínculo la separata digital con notas de archivo vinculadas con la vida y la obra de Juan Bautista Alberdi.
El domingo ha amanecido gris y nostálgico. La ciudad descansa en paz, como Juan Bautista Alberdi, que, si estuviese vivo, hoy cumpliría 200 años y se vería obligado a asistir a la celebración del Día del Abogado instituído en su honor.
Obligado y, con seguridad, interiormente incómodo, Alberdi tendría que poner su mejor cara de estatua para saludar a colegas que se dicen abogados, que poseen el título académico y la habilitación profesional, pero que no están dispuestos a luchar y defender los ideales del Derecho. ¿Ideales? El plural suena raro y es hasta difícil de escribir.
Desde los tiempos de Alberdi a esta parte, la abogacía ha perdido su compromiso con el ideal jurídico. Como en tantos ámbitos de la actividad humana, los principios han sido debilitados por la generalización del pragmatismo y la supremacía del dinero. Antes, los abogados defendían a los justos y a los desposeídos. Ahora, justos y desposeídos, y hombres de bien sin distinción a menudo deben defenderse de la voracidad de los abogados.
El foro se ha convertido en un terreno colonizado por el abuso, la abyección y el lucro. El otro día, un letrado decía de lo más pancho: "me estoy enriqueciendo con el caos institucional. Por mí, que todo siga peor". Embusteros y chicaneros hubo hasta en la época de Alberdi, pero el ejercicio de la rapiña nunca ha tenido tanto predicamento como hoy en día.
Toga imaginaria
Las generalizaciones hacen mal y en verdad todavía existen abogados que van por la vida con una toga imaginaria entregando a su paso la convicción espiritual que Rudolf von Ihering propuso en su esencial ensayo "La lucha por el derecho" (1872): "no es el mero interés pecuniario el que incita a promover el litigio, sino el dolor moral por la injusticia sufrida; no se trata de recuperar el objeto, sino de hacer valer su buen derecho". Son los letrados con vocación intensa, iluminados por el estudio de una ciencia profundamente humana cuya praxis comprometida desbarata la injusticia, acalla los atropellos y eleva la calidad de la convivencia humana.
Esos abogados saben que las reglas de la ética no pueden ser negociadas y asisten turbados al comercio de servicios jurídicos despojado de honradez y buena fe. La regularidad de ese código sin código ha proliferado de tal forma que ya no asusta ni sorprende a nadie. Por resignación y (mal)acostumbramiento, tal vez por corporativismo y temor, difícilmente un juez se anime a amonestar al abogado que transgrede la etiqueta de la lealtad procesal o un colegio profesional sea capaz de llevar hasta las últimas consecuencias la función de cuidar la matrícula y depurarla de quienes, en nombre de la abogacía, desestabilizan el sistema jurídico e institucional.
Antes, los abogados defendían a los justos y a los desposeídos. Ahora, justos y desposeídos, y hombres de bien sin distinción a menudo deben defenderse de la voracidad de los abogados
Si Alberdi pidiese un informe al presidente de la comisión que controla la ética de los abogados, hallaría, para su ingenuo agrado, que en Tucumán hay una -aparente- adhesión masiva a la disciplina profesional, cuando, en realidad, lo masivo y preocupante es que no existe una tradición de reproche moral -o desprecio explícito-. Es decir, la abogacía no distingue entre buenos y malos letrados, coloca a unos y otros en un infame pie de igualdad y expone a la ciudadanía lega (que desde luego no conoce quién es quién) a caer en las garras de cualquiera.
Esperanza escasa
Quizá esta profesión entró en declive cuando los centros académicos se convirtieron en fábricas de abogados; cuando la formación del hombre y la mujer de leyes dejó de ser una tarea artesanal, una escultura tallada con la teoría de los grandes pensadores de la cultura occidental, para devenir en esa instrucción precaria que es, donde ya no hay espacio para discutir perfiles ni valores deseados.
Por resignación y (mal)acostumbramiento, tal vez por corporativismo y temor, difícilmente un juez se anime a amonestar al abogado que transgrede la etiqueta de la lealtad procesal
Si Alberdi quisiese conocer rápidamente el estado de salud de la abogacía, debería perfeccionar una operación simple y sencilla: mirar hacia arriba. Es decir, explorar qué tipo de modelo profesional presentan los abogados que ejercen el poder en su provincia y en la Nación. Y la lamentable conclusión es que gran parte de los políticos y autoridades letradas exhiben una deslumbrante pobreza moral e intelectual, una disposición ostensible a emplear el Estado de derecho en beneficio propio y de los suyos, y un ánimo depredador de las instituciones.
"Los gobiernos no son jamás, pues, sino la obra y el fruto de las sociedades: reflejan el carácter del pueblo que los cría", escribió Alberdi en "Fragmento preliminar al estudio del Derecho" (1837). La máxima se extiende sin problemas a todos los ámbitos y estamentos de la sociedad, y la situación de decadencia colectiva también explica la escasez de modelos esperanzadores en el contexto de la abogacía.
La celebración de este 29 de agosto de 2010 no está exenta de melancolía e inquietud. A lo mejor por ello el domingo amaneció gris y nostálgico, porque han pasado 200 años del nacimiento de Alberdi, y el desorden que él combatía sigue activo y parece cada vez más insondable. El prócer es irreemplazable, por ello toda época necesita su propio prócer. Y si eso fuese mucho pedir, al menos la historia haría bien en proveer una legión de operadores jurídicos decentes. Perdón por el derroche de romanticismo. (dx)
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****¡Sé nuestro crítico gastronómico (por un día)! Participá hasta el 6/9/2010****
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La contienda esencial
(Por Laura Rossi, desde Rosario, Santa Fe)
Hombres montados en guerra por su temperamento y por su historia**: la disputa Alberdi-Sarmiento.
Después de Caseros (1852) y excluido formalmente del nuevo escenario político que le permite a Urquiza el acceso al poder, Domingo Faustino Sarmiento da a conocer “Campaña en el Ejército Grande”, una suerte de diario analítico de la guerra, en el que expone su fervoroso desacuerdo con el orden que Urquiza pretende establecer. La lectura de este texto provoca a Alberdi: las “Cartas Quillotanas” son, en este sentido, la prueba más contundente de esa provocación.
El análisis de Alberdi le da pie a Sarmiento para seguir hablando de sí mismo: arguyendo la necesidad de defenderse, responde a las objeciones de Alberdi en “Las ciento y una”. Las operaciones discursivas que ambos ponen en juego en esta disputa pueden ser leídas hoy, más allá de su contenido, como un paradigma de la discusión apasionada, irónica y verdaderamente dialógica, que pone en el tapete uno de los aspectos más controvertidos de la idiosincrasia argentina.
Alberdi, lector de Sarmiento
La disputa no surge, sin más, con la publicación de “Campaña…”: ya la lectura de Alberdi sobre “Facundo” había establecido con claridad en qué terrenos ideológicos y, por tanto, intelectuales, se ubicaba cada uno de los adversarios. Ambos parecen compartir, sin embargo, una creencia acerca del poder de las palabras: las palabras son acciones, las únicas armas en la contienda discursiva.
Sarmiento lo sabe. Por ello en los textos más importantes de su obra es posible reconocer casi invariablemente la misma operación: Sarmiento habla de algo o de alguien (de la campaña, de otros países, de Facundo Quiroga) para hablar de Rosas; hablar de Rosas termina siendo, en realidad, una treta para hablar de sí mismo. Sarmiento sabe que su acceso al poder político sólo puede darse a través de la palabra. En este sentido, “Recuerdos de provincia” es, quizás, el libro en el que ese deseo aparece sin triangulación: invocando, como lo hará para redactar “Las ciento y una”, la necesidad de defenderse de ciertas acusaciones, Sarmiento escribirá su biografía y se ubicará, a partir de ella, como heredero indiscutible –según su perspectiva- del poder político.
Alberdi también lo sabe. Pero sabe, además, que las palabras, por sí mismas, no son armas si no se sostienen con argumentos sólidos y desde marcos conceptuales coherentes. Alberdi se dedica, entonces, a desbaratar los ardides de Sarmiento: expone las contradicciones de sus afirmaciones, sus errores, sus fuentes apócrifas y desnuda el verdadero objeto de su discurso. Con ello, deja al descubierto a un Sarmiento que no entiende la realidad argentina y que, por ello, “no merece ni la confianza de sus lectores ni, más importante, el acceso al poder político”***.
Hacer cosas con palabras
La disputa entre Alberdi y Sarmiento es una muestra de que el diálogo es posible. La manera en la que sus textos se entrelazan unos con otros, casi como cajas chinas, nos permite vislumbrar una lectura atenta y profunda de la palabra del contendiente y, por ello, la imperiosa necesidad de “rectificación”. El diálogo entre ellos es posible porque comparten la creencia de que las palabras no son meros ejercicios retóricos; tienen peso, tienen valor.
En una época en la que asistimos a la repetición de interminables monólogos disfrazados de discusiones, en la que el valor de ciertas palabras tiende a ser naturalizado, revisar los textos de esta polémica nos pone frente a frente con la idea de lo que podríamos haber sido y nos permite reformular los caminos que nos lleven a eso que todavía podemos ser. (dx)
¡PLUS!
NOTAS
**Alberdi, Juan B., prefacio de “El crimen de la guerra”.
***Sorensen, Diana. “Los ardides de la disputa: Alberdi lee el Facundo”.
*La autora es licenciada en Letras, docente y escritora. Administra una bitácora propia y contribuye en el blog colectivo La Covacha.
Este texto es el segundo de la serie que DIXI (He dicho) dedicará al autor de “El crimen de la guerra” (1870) en el año del bicentenario de su natalicio. Además, los lectores pueden consultar en este vínculo la separata digital con notas de archivo vinculadas con la vida y la obra de Juan Bautista Alberdi.
Hombres montados en guerra por su temperamento y por su historia**: la disputa Alberdi-Sarmiento.
Después de Caseros (1852) y excluido formalmente del nuevo escenario político que le permite a Urquiza el acceso al poder, Domingo Faustino Sarmiento da a conocer “Campaña en el Ejército Grande”, una suerte de diario analítico de la guerra, en el que expone su fervoroso desacuerdo con el orden que Urquiza pretende establecer. La lectura de este texto provoca a Alberdi: las “Cartas Quillotanas” son, en este sentido, la prueba más contundente de esa provocación.
El análisis de Alberdi le da pie a Sarmiento para seguir hablando de sí mismo: arguyendo la necesidad de defenderse, responde a las objeciones de Alberdi en “Las ciento y una”. Las operaciones discursivas que ambos ponen en juego en esta disputa pueden ser leídas hoy, más allá de su contenido, como un paradigma de la discusión apasionada, irónica y verdaderamente dialógica, que pone en el tapete uno de los aspectos más controvertidos de la idiosincrasia argentina.
Alberdi, lector de Sarmiento
La disputa no surge, sin más, con la publicación de “Campaña…”: ya la lectura de Alberdi sobre “Facundo” había establecido con claridad en qué terrenos ideológicos y, por tanto, intelectuales, se ubicaba cada uno de los adversarios. Ambos parecen compartir, sin embargo, una creencia acerca del poder de las palabras: las palabras son acciones, las únicas armas en la contienda discursiva.
Sarmiento lo sabe. Por ello en los textos más importantes de su obra es posible reconocer casi invariablemente la misma operación: Sarmiento habla de algo o de alguien (de la campaña, de otros países, de Facundo Quiroga) para hablar de Rosas; hablar de Rosas termina siendo, en realidad, una treta para hablar de sí mismo. Sarmiento sabe que su acceso al poder político sólo puede darse a través de la palabra. En este sentido, “Recuerdos de provincia” es, quizás, el libro en el que ese deseo aparece sin triangulación: invocando, como lo hará para redactar “Las ciento y una”, la necesidad de defenderse de ciertas acusaciones, Sarmiento escribirá su biografía y se ubicará, a partir de ella, como heredero indiscutible –según su perspectiva- del poder político.
“Sarmiento sabe que su acceso al poder político sólo puede darse a través de la palabra”
Hacer cosas con palabras
La disputa entre Alberdi y Sarmiento es una muestra de que el diálogo es posible. La manera en la que sus textos se entrelazan unos con otros, casi como cajas chinas, nos permite vislumbrar una lectura atenta y profunda de la palabra del contendiente y, por ello, la imperiosa necesidad de “rectificación”. El diálogo entre ellos es posible porque comparten la creencia de que las palabras no son meros ejercicios retóricos; tienen peso, tienen valor.
En una época en la que asistimos a la repetición de interminables monólogos disfrazados de discusiones, en la que el valor de ciertas palabras tiende a ser naturalizado, revisar los textos de esta polémica nos pone frente a frente con la idea de lo que podríamos haber sido y nos permite reformular los caminos que nos lleven a eso que todavía podemos ser. (dx)
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NOTAS
**Alberdi, Juan B., prefacio de “El crimen de la guerra”.
***Sorensen, Diana. “Los ardides de la disputa: Alberdi lee el Facundo”.
*La autora es licenciada en Letras, docente y escritora. Administra una bitácora propia y contribuye en el blog colectivo La Covacha.
Este texto es el segundo de la serie que DIXI (He dicho) dedicará al autor de “El crimen de la guerra” (1870) en el año del bicentenario de su natalicio. Además, los lectores pueden consultar en este vínculo la separata digital con notas de archivo vinculadas con la vida y la obra de Juan Bautista Alberdi.
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El lanzallamas de Malosetti
(Por Grace Joan del Mar -texto- y Lu Palenzuela -fotos-, desde San Miguel de Tucumán)
Se apagan las luces, pasan unos segundos en los que la nada se apropia del Teatro Alberdi, hasta que las lámparas se vuelven a encender. El telón sigue cerrado y no hay indicios de que el recital vaya a empezar. Diez minutos después se repite la situación, pero lo que se enciende, y apropia del teatro, es Javier Malosetti y su banda, Electrohope.
La velada comienza con “Disco infierno”, el primer tema de “Ten”, el disco que el quintento vino a presentar a la provincia. Como un presagio de lo que va a suceder en las próximas dos horas, Malosetti repite “burn baby burn”, mientras sus dedos empiezan, justamente, a prender fuego a las cuerdas del bajo.
Pero el líder de Electrohope no es el único que deslumbra arriba del escenario. Sus cuatro compañeros de ruta hacen lo suyo y se dan sus tiempos para seducir con talento propio. Como cuando Nico Rafetta, encargado de los teclados, ejecuta un solo impecable en “El Benja”. O cuando Tomi Sainz, el “pibe” de la banda, hace estallar su batería de una forma que amerita que Malosetti se haga a un costado y deje que todas las luces apunten al carismático músico. Hernán Segret, que comparte el rol de guitarrista-bajista-cantante con Malosetti, también se gana al público en sus distintos oficios musicales, mientras que Damián Carballal se las ingenia para hacer de "stage manager" y percusionista, panderetero, cantante y "loquevenga" a la vez.
Si toda la banda merece el respeto del público, Malosetti, además, se gana la admiración y la envidia de cualquiera. El manejo de la guitarra y el bajo, la capacidad de hacer sonar uno como si fuera el otro, sus solos y hasta sus chistes lo colocan en lo más alto del jazz nacional. Carátula que le incomoda y que, ciertamente, no termina de describir todo lo que sabe hacer pero que, le guste o no, es un sello firme de su música, esa que curte con distintos estilos pero que no puede olvidar a su primer amor.
La mezcla entre la experiencia de Malosetti y el aire fresco de sus acompañantes otorga a Electrohope características muy particularesm que mezclan virtuosismo con entusiasmo en dosis justas. Los aplausos se prolongan durante toda la noche. Otra constante de la velada fueron las sonrisas, risas y carcajadas que surcaron el teatro entre tema y tema. El humor del músico, junto con las miradas cómplices de su banda y la buena voluntad del público para prenderse ante cada comentario del prodigioso bajista, le agregaron calidez a un miércoles que ardió de gozo desde el principio. Es que “Ten” no sólo es el disco número diez en la carrera del músico, no sólo es la calificación que se ha ganado. "Ten", como lo anuncia Malosetti, es dar algo. Electrohope dio todo. (dx)
¡PLUS!
Una crítica de "Ten", firmada por Graciela Colombres Garmendia, está disponible en este mismo blog.
Se apagan las luces, pasan unos segundos en los que la nada se apropia del Teatro Alberdi, hasta que las lámparas se vuelven a encender. El telón sigue cerrado y no hay indicios de que el recital vaya a empezar. Diez minutos después se repite la situación, pero lo que se enciende, y apropia del teatro, es Javier Malosetti y su banda, Electrohope.
La velada comienza con “Disco infierno”, el primer tema de “Ten”, el disco que el quintento vino a presentar a la provincia. Como un presagio de lo que va a suceder en las próximas dos horas, Malosetti repite “burn baby burn”, mientras sus dedos empiezan, justamente, a prender fuego a las cuerdas del bajo.
Pero el líder de Electrohope no es el único que deslumbra arriba del escenario. Sus cuatro compañeros de ruta hacen lo suyo y se dan sus tiempos para seducir con talento propio. Como cuando Nico Rafetta, encargado de los teclados, ejecuta un solo impecable en “El Benja”. O cuando Tomi Sainz, el “pibe” de la banda, hace estallar su batería de una forma que amerita que Malosetti se haga a un costado y deje que todas las luces apunten al carismático músico. Hernán Segret, que comparte el rol de guitarrista-bajista-cantante con Malosetti, también se gana al público en sus distintos oficios musicales, mientras que Damián Carballal se las ingenia para hacer de "stage manager" y percusionista, panderetero, cantante y "loquevenga" a la vez.
Si toda la banda merece el respeto del público, Malosetti, además, se gana la admiración y la envidia de cualquiera. El manejo de la guitarra y el bajo, la capacidad de hacer sonar uno como si fuera el otro, sus solos y hasta sus chistes lo colocan en lo más alto del jazz nacional. Carátula que le incomoda y que, ciertamente, no termina de describir todo lo que sabe hacer pero que, le guste o no, es un sello firme de su música, esa que curte con distintos estilos pero que no puede olvidar a su primer amor.
La mezcla entre la experiencia de Malosetti y el aire fresco de sus acompañantes otorga a Electrohope características muy particularesm que mezclan virtuosismo con entusiasmo en dosis justas. Los aplausos se prolongan durante toda la noche. Otra constante de la velada fueron las sonrisas, risas y carcajadas que surcaron el teatro entre tema y tema. El humor del músico, junto con las miradas cómplices de su banda y la buena voluntad del público para prenderse ante cada comentario del prodigioso bajista, le agregaron calidez a un miércoles que ardió de gozo desde el principio. Es que “Ten” no sólo es el disco número diez en la carrera del músico, no sólo es la calificación que se ha ganado. "Ten", como lo anuncia Malosetti, es dar algo. Electrohope dio todo. (dx)
¡PLUS!
Una crítica de "Ten", firmada por Graciela Colombres Garmendia, está disponible en este mismo blog.
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Degustar, saborear... ¡y opinar!
"Edite et bibite, post mortem nulla voluptas"
(Comer y beber, que después de la vida no hay más placer)
(Comer y beber, que después de la vida no hay más placer)
Sé nuestro crítico gastronómico (por un día). Acompañanos a explorar el menú de "Viva la Pepa", restaurante a cargo de los cocineros Alejandro Ruiz Vargas y David Zarlenga. Tus observaciones quedarán reflejadas en una crítica de la sección "DIXI va de bares". Para participar en esta cuarta convocatoria (sólo válida para residentes en la provincia) tenés que dejar un comentario en este post -el primero puede servirte de ejemplo- que explique por qué deberíamos elegirte.
¡PLUS!
Consultá en este vínculo el resultado de la convocatoria que ganó la lectora Cecilia Morán. Y en este otro la crítica a la propuesta de "Playa Girón" publicada en el número XXVII de DIXI (He dicho). Y en este, el fallo del jurado de la segunda edición del certamen (cerró el 28 de febrero). Nuestra segunda crítica, Ana Nores, degustó el menú sano de Bamboo y redactó un comentario que incluimos en DIXI (He dicho) XXVIII. Por último, leé aquí el "acta" de la tercera edición del certamente -que ganó Jacinto Sacur, alias "Hassan Sallum"- y aquí la reseña titulada "Los sorrentinos más sabrosos".
Colección de comentarios ganadores
"Desde que tengo uso de razón, disfruto de escribir y comer (después crecí y encontré otras fuentes de entretenimiento, pero no viene al caso). Además, no tengo pelos en la lengua, virtud que me permite saborear y criticar sin timideces. Y por ser mujer, puedo hacer las dos cosas al mismo tiempo (mejor no: hablar con la boca llena queda mal)". /Cecilia Morán, primera edición del concurso
"Yuan Mei, escritor chino de la dinastía Qing, decía que la buena cocina no depende de si un plato es grande o pequeño, costoso o barato. Más bien depende de que su autor posea el arte porque, entonces, un trozo de apio o unas hojas de repollo pueden convertirse en delicadezas maravillosas; mientras que si no lo posee, todas las grandes delicadezas y rarezas de la tierra, el mar y el cielo no resultan útiles". /Ana Nores, segunda edición del concurso.
"Recuerdo cuando, a los dos años, miré el plato de berenjenas servido por mamá, contorsioné la cara en una especie de gesto despectivo y esbocé con el lenguaje limitado de la edad mi más sincera opinión: 'feo'. Gritos, llantos y cucharadas voladoras parecían dar fin a mis escenas de caprichos, pero, lejos de ese desenlace, inicié de manera temprana una obsesión por señalar hasta el más mínimo defecto en las preparaciones de esa mujer que creía que el amor madre-hijo habría de doblegar mi voluntad". / Jacinto Sacur, tercera edición del concurso.
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Los sorrentinos más sabrosos
(Por Jacinto Sacur -alias Hassan Sallum- y Agustín Zaefferer -fotos-, desde San Miguel de Tucumán)
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el arquitecto tucumano que tuvo la idea de renovar casas antiguas con fines comerciales habría de recordar el día en que se le ocurrió ese pensamiento...
Hace tiempo ya, comenzó en Tucumán una moda que habría de convertirse en tradición con el paso del tiempo: restaurar casonas viejas para convertirlas en tiendas. El motivo subyacente al éxito de este estilo tiene dos lecturas: tal vez sea la manera más económica de obtener una decoración decente o quizá haya una auténtica devoción por el lugar, por lo autóctono, por recrear un espacio sin que pierda identidad.
El caso de La San Juan Bar Restó responde a la segunda intención. Abierto hace tan sólo dos meses a 20 metros de la primera sucursal, este emprendimiento gastronómico apuesta a una oferta más restó y menos bar. “Para bar está el otro local”, confirma un miembro del personal.
Colores cálidos, oscuros, en el grupo del ocre, rojo, negro, terracota, cubren las paredes de la otrora vivienda. Muebles de madera de diseño simple llenan el espacio, mientras que lámparas sencillas ofrecen una luz tenue que apenas permite leer el menú. Adornos y objetos con reminiscencias contemporáneas generan una decoración ecléctica. El resultado es un clima de intimidad, calma, no sé porqué de confianza, como si ya conociésemos el lugar.
La crítica
Las recomendaciones de la camarera -sugirió lo que considera son las especialidades de la casa- fueron escuchadas al pedir la comida:
Tras una demora apreciable, llegaron los platos presentados sin sofisticaciones ni arreglos raros. Los importados del recetario extranjero, como los tacos y el wok, ganaron un toque vernáculo al ser servidos en una cazuela de cerámica al estilo norteño. En cuanto a sabores, los tacos tenían de sobra gracias a tres sabrosas salsas, una más picante que la otra, cumpliendo así el cometido de la comida mexicana: cuanto más condimento, mejor. El wok se ubicó en el otro extremo.
Las pastas son infaltables en la carta de cualquier restaurante tucumano, la gran inmigración tana así lo exige. Los ravioles vinieron con una salsa “parisienne” pero, pese a sus buenos atributos, necesitaban -según mi opinión- un poco más de cocción. El desacierto, sin embargo, es comprensible: la presencia de gente que escribirá una crítica pone ansioso a cualquiera.
Los sorrentinos, tan recomendados por la moza, resultaron la mejor opción. El relleno generoso exhibió un impecable equilibrio entre calabaza y mozzarella. Mi consejo: pedirlos con salsa blanca.
La San Juan tiene una estética quizá repetida, pero el cliché se proyecta correctamente en el postre: dados de anco en almíbar. La originalidad puede parecer extraña al principio, pero también una buena experiencia para los que gustan salirse de los dulces tradicionales. Una opción más para los comensales tucumanos. Parecido a otros, pero distinto. La San Juan Bar Restó emerge como una apetecible oferta en el abanico gastronómico de la ciudad. (dx)
¡PLUS!
*El autor ganó la tercera edición del concurso “Sé nuestro crítico gastronómico (por un día)”. El fotógrafo es arquitecto y colabora en DIXI (He dicho) desde el número VIII.
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el arquitecto tucumano que tuvo la idea de renovar casas antiguas con fines comerciales habría de recordar el día en que se le ocurrió ese pensamiento...
Hace tiempo ya, comenzó en Tucumán una moda que habría de convertirse en tradición con el paso del tiempo: restaurar casonas viejas para convertirlas en tiendas. El motivo subyacente al éxito de este estilo tiene dos lecturas: tal vez sea la manera más económica de obtener una decoración decente o quizá haya una auténtica devoción por el lugar, por lo autóctono, por recrear un espacio sin que pierda identidad.
El caso de La San Juan Bar Restó responde a la segunda intención. Abierto hace tan sólo dos meses a 20 metros de la primera sucursal, este emprendimiento gastronómico apuesta a una oferta más restó y menos bar. “Para bar está el otro local”, confirma un miembro del personal.
Colores cálidos, oscuros, en el grupo del ocre, rojo, negro, terracota, cubren las paredes de la otrora vivienda. Muebles de madera de diseño simple llenan el espacio, mientras que lámparas sencillas ofrecen una luz tenue que apenas permite leer el menú. Adornos y objetos con reminiscencias contemporáneas generan una decoración ecléctica. El resultado es un clima de intimidad, calma, no sé porqué de confianza, como si ya conociésemos el lugar.
La crítica
Las recomendaciones de la camarera -sugirió lo que considera son las especialidades de la casa- fueron escuchadas al pedir la comida:
Ravioles de ricota y nuez ($15)
Tacos de carne ($20)
Wok de verduras ($23)
Sorrentinos de calabaza y mozzarella ($18)
Vino de la casa ($20)
Dados de anco ($10)
Tacos de carne ($20)
Wok de verduras ($23)
Sorrentinos de calabaza y mozzarella ($18)
Vino de la casa ($20)
Dados de anco ($10)
Tras una demora apreciable, llegaron los platos presentados sin sofisticaciones ni arreglos raros. Los importados del recetario extranjero, como los tacos y el wok, ganaron un toque vernáculo al ser servidos en una cazuela de cerámica al estilo norteño. En cuanto a sabores, los tacos tenían de sobra gracias a tres sabrosas salsas, una más picante que la otra, cumpliendo así el cometido de la comida mexicana: cuanto más condimento, mejor. El wok se ubicó en el otro extremo.
“Muebles de madera de diseño simple llenan el espacio, mientras que lámparas sencillas ofrecen una luz tenue que apenas permite leer el menú”
Las pastas son infaltables en la carta de cualquier restaurante tucumano, la gran inmigración tana así lo exige. Los ravioles vinieron con una salsa “parisienne” pero, pese a sus buenos atributos, necesitaban -según mi opinión- un poco más de cocción. El desacierto, sin embargo, es comprensible: la presencia de gente que escribirá una crítica pone ansioso a cualquiera.
Los sorrentinos, tan recomendados por la moza, resultaron la mejor opción. El relleno generoso exhibió un impecable equilibrio entre calabaza y mozzarella. Mi consejo: pedirlos con salsa blanca.
La San Juan tiene una estética quizá repetida, pero el cliché se proyecta correctamente en el postre: dados de anco en almíbar. La originalidad puede parecer extraña al principio, pero también una buena experiencia para los que gustan salirse de los dulces tradicionales. Una opción más para los comensales tucumanos. Parecido a otros, pero distinto. La San Juan Bar Restó emerge como una apetecible oferta en el abanico gastronómico de la ciudad. (dx)
¡PLUS!
*El autor ganó la tercera edición del concurso “Sé nuestro crítico gastronómico (por un día)”. El fotógrafo es arquitecto y colabora en DIXI (He dicho) desde el número VIII.
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500 posts, la ilusión del principio
(Por el staff de DIXI -He dicho-, desde San Miguel de Tucumán)
No sabemos qué tendrá el post número 500, pero advertimos que suele ser un acontecimiento relevante en la vida de una bitácora. Y este blog colectivo no será la excepción de la regla. Por eso y sin más dilaciones, en la tercera oración de esta entrada, confirmamos a nuestros (a)preciados lectores que este (¡sí señor!) es nuestro post 500. Llegamos (¿a dónde?) por fin, ya era hora, ¡qué lindo se ve todo desde este punto alto del paisaje!
En verdad, más que una celebración del camino recorrido -que tampoco nos parece tan largo (las cosas como son)-, pretendemos aprovechar esta excusa para presentar el sendero iniciado en octubre de 2009, cuando DIXI (He dicho) decidió volcar todo su contenido previo (es decir, 26 revistas completas) en este amigable formato digital e intentar así una presencia más dinámica en la web.
Y nos largamos sin anunciar nada, sin pedir permiso ni tirar bombas de estruendo, como manda nuestra militancia impecable en la política de los hechos consumados. Un día aparecimos y así, de la nada, comenzamos a alimentar una bitácora dedicada a los temas culturales que siempre han interesado a DIXI (He dicho).
Construcción constructiva
Este itinerario de diez meses ha sido muy agitado, productivo y esclarecedor. Hemos aprendido algo sobre la disciplina que exige el blog y sobre su enorme potencial como herramienta de divulgación. También hemos entrevisto -allá, en la lejanía cada vez más próxima- el inmenso futuro de la combinación de plataformas; así, hemos procurado asociar la bitácora a la red social por excelencia (Facebook), a una excelente comunidad de publicaciones (Issuu) y a un espacio especializado en fotografía (Flickr). Por añadidura, también hemos explorado las prestaciones de Buzz y de Google Reader, siempre fascinados por una comunicación digital que avanza más rápido que el entendimiento del promedio de los usuarios.
Pero hemos procurado que la tecnología esté subordinada al estándar de alta calidad que DIXI (He dicho) se propone defender y reflejar en sus textos y coberturas. La web a menudo es criticada por la superficialidad e imprecisión de sus contenidos, pero no se puede culpar a internet por una responsabilidad que atañe a los autores. En definitiva, hay lugar para todas las propuestas: en estos 500 posts, el entorno digital se ha convertido para DIXI (He dicho) en un espacio tan importante y necesario como la experiencia física convencional (el papel), siempre amenazada por los enormes costos de impresión y la dificultad de trasladarlos a la plantilla (siempre -por desgracia- insuficiente) de auspiciantes.
Post a post, nuestra revista gratuita en blanco y negro hecha en Tucumán, punto de confluencia de colaboradores de todas las edades e intereses, ha ganado experiencia y penetración en el medio de referencia y más allá también (el 15% de nuestros lectores provienen del extranjero, según el último informe de Google Analytics). El número de visitas ha crecido lenta pero consistentemente (sin retrocesos), lo mismo que el nivel de participación. Si bien el volumen de comentarios tiene por delante un amplio margen de desarrollo, hemos conseguido un buen clima de opinión. Nuestros comentaristas han demostrado criterio y educación, dos atributos que distinguen a la bitácora de DIXI (He dicho) del foro agresivo y contraproducente que abunda en internet.
Como era previsible, el contacto cotidiano con los lectores -apuntalado por iniciativas como el concurso "Sé nuestro crítico gastronómico (por un día)"- ha derivado en una ampliación de la base de colaboradores (Ana Nores, Carolina Álvarez y Andrea Fernández representan bien al grupo de las nuevas incorporaciones en el ámbito de textos, mientras que Tim Pierik, Karina Azaretzky y Lucía Palenzuela reflejan el propósito de DIXI -He dicho- de crecer en el contexto de la fotografía). El blog, en ese sentido, es visceralmente colectivo e igualitario. Todas las colaboraciones reciben el mismo tratamiento de edición y difusión, y todas respaldan nuestro deseo de ser una publicación rica en matices y posturas estéticas e ideológicas.
En este periplo de 500 posts hemos encontrado bitácoras singulares con las cuales compartir nuestras inquietudes intelectuales (por ejemplo, el proyecto La Covacha) y ahondar el deseo de fraternidad que anima a DIXI (He dicho) desde su fundación. Y a riesgo de aburrir decimos por enésima vez que luchamos por construir una revista abierta y atenta a los nuevas y talentosas voces: hay pocas cosas más gratificantes que la renovación y la sensación de que la publicación ha permanecido leal al objetivo que se propuso en marzo de 2002, cuando se constituyó como espacio de libre expresión y centro de experimentación creativa con la imagen y la palabra.
El itinerario bloguero ha rendido, en definitiva, muchos más frutos de los esperados, quizá porque, al comenzar la bitácora, sólo queríamos dotar a DIXI (He dicho) de una actualización más frecuente. Aquel deseo se ha visto desbordado por una práctica repleta de oportunidades para la actividad editorial que nos apasiona. Lejos de disminuir, el entusiasmo ha crecido hasta colocarnos donde estamos: escribiendo este post 500 a propósito de los 500 posts con la ilusión del principio.(dx)
¡PLUS!
Todos los posts de este blog han sido publicados con la misma energía y devoción, pero en este espacio destacamos las diez producciones de mayor repercusión con el objeto de ofrecer un tour por nuestro contenido más popular.
1) El recital del más grande, de Guido Mossé
2) Donde nace la música, de Gabriela Baigorrí
3) Por cariño y por las dudas también, de Laly Rosales
4) Soy seductora, de Irene Bews
5) Abuelas modelo 2010, de Laly Rosales
6) Como fichas que caen de a poco, de Irene Bews
7) Acampada artística, de Bautista Eusebio
8) La memoria del Tucumán reciente, de Rubén Kotler y Diego Heluani
9) García ácido y gentil, de Guido Mossé
10) Ni una palabra es mía, de Andrea Fernández
No sabemos qué tendrá el post número 500, pero advertimos que suele ser un acontecimiento relevante en la vida de una bitácora. Y este blog colectivo no será la excepción de la regla. Por eso y sin más dilaciones, en la tercera oración de esta entrada, confirmamos a nuestros (a)preciados lectores que este (¡sí señor!) es nuestro post 500. Llegamos (¿a dónde?) por fin, ya era hora, ¡qué lindo se ve todo desde este punto alto del paisaje!
En verdad, más que una celebración del camino recorrido -que tampoco nos parece tan largo (las cosas como son)-, pretendemos aprovechar esta excusa para presentar el sendero iniciado en octubre de 2009, cuando DIXI (He dicho) decidió volcar todo su contenido previo (es decir, 26 revistas completas) en este amigable formato digital e intentar así una presencia más dinámica en la web.
Y nos largamos sin anunciar nada, sin pedir permiso ni tirar bombas de estruendo, como manda nuestra militancia impecable en la política de los hechos consumados. Un día aparecimos y así, de la nada, comenzamos a alimentar una bitácora dedicada a los temas culturales que siempre han interesado a DIXI (He dicho).
Construcción constructiva
Este itinerario de diez meses ha sido muy agitado, productivo y esclarecedor. Hemos aprendido algo sobre la disciplina que exige el blog y sobre su enorme potencial como herramienta de divulgación. También hemos entrevisto -allá, en la lejanía cada vez más próxima- el inmenso futuro de la combinación de plataformas; así, hemos procurado asociar la bitácora a la red social por excelencia (Facebook), a una excelente comunidad de publicaciones (Issuu) y a un espacio especializado en fotografía (Flickr). Por añadidura, también hemos explorado las prestaciones de Buzz y de Google Reader, siempre fascinados por una comunicación digital que avanza más rápido que el entendimiento del promedio de los usuarios.
"Un día aparecimos y así, de la nada, comenzamos a alimentar una bitácora dedicada a los temas culturales que siempre han interesado a DIXI (He dicho)"
Pero hemos procurado que la tecnología esté subordinada al estándar de alta calidad que DIXI (He dicho) se propone defender y reflejar en sus textos y coberturas. La web a menudo es criticada por la superficialidad e imprecisión de sus contenidos, pero no se puede culpar a internet por una responsabilidad que atañe a los autores. En definitiva, hay lugar para todas las propuestas: en estos 500 posts, el entorno digital se ha convertido para DIXI (He dicho) en un espacio tan importante y necesario como la experiencia física convencional (el papel), siempre amenazada por los enormes costos de impresión y la dificultad de trasladarlos a la plantilla (siempre -por desgracia- insuficiente) de auspiciantes.
Post a post, nuestra revista gratuita en blanco y negro hecha en Tucumán, punto de confluencia de colaboradores de todas las edades e intereses, ha ganado experiencia y penetración en el medio de referencia y más allá también (el 15% de nuestros lectores provienen del extranjero, según el último informe de Google Analytics). El número de visitas ha crecido lenta pero consistentemente (sin retrocesos), lo mismo que el nivel de participación. Si bien el volumen de comentarios tiene por delante un amplio margen de desarrollo, hemos conseguido un buen clima de opinión. Nuestros comentaristas han demostrado criterio y educación, dos atributos que distinguen a la bitácora de DIXI (He dicho) del foro agresivo y contraproducente que abunda en internet.
"Hemos aprendido algo sobre la disciplina que exige el blog y sobre su enorme potencial como herramienta de divulgación"
Como era previsible, el contacto cotidiano con los lectores -apuntalado por iniciativas como el concurso "Sé nuestro crítico gastronómico (por un día)"- ha derivado en una ampliación de la base de colaboradores (Ana Nores, Carolina Álvarez y Andrea Fernández representan bien al grupo de las nuevas incorporaciones en el ámbito de textos, mientras que Tim Pierik, Karina Azaretzky y Lucía Palenzuela reflejan el propósito de DIXI -He dicho- de crecer en el contexto de la fotografía). El blog, en ese sentido, es visceralmente colectivo e igualitario. Todas las colaboraciones reciben el mismo tratamiento de edición y difusión, y todas respaldan nuestro deseo de ser una publicación rica en matices y posturas estéticas e ideológicas.
En este periplo de 500 posts hemos encontrado bitácoras singulares con las cuales compartir nuestras inquietudes intelectuales (por ejemplo, el proyecto La Covacha) y ahondar el deseo de fraternidad que anima a DIXI (He dicho) desde su fundación. Y a riesgo de aburrir decimos por enésima vez que luchamos por construir una revista abierta y atenta a los nuevas y talentosas voces: hay pocas cosas más gratificantes que la renovación y la sensación de que la publicación ha permanecido leal al objetivo que se propuso en marzo de 2002, cuando se constituyó como espacio de libre expresión y centro de experimentación creativa con la imagen y la palabra.
El itinerario bloguero ha rendido, en definitiva, muchos más frutos de los esperados, quizá porque, al comenzar la bitácora, sólo queríamos dotar a DIXI (He dicho) de una actualización más frecuente. Aquel deseo se ha visto desbordado por una práctica repleta de oportunidades para la actividad editorial que nos apasiona. Lejos de disminuir, el entusiasmo ha crecido hasta colocarnos donde estamos: escribiendo este post 500 a propósito de los 500 posts con la ilusión del principio.(dx)
¡PLUS!
Todos los posts de este blog han sido publicados con la misma energía y devoción, pero en este espacio destacamos las diez producciones de mayor repercusión con el objeto de ofrecer un tour por nuestro contenido más popular.
1) El recital del más grande, de Guido Mossé
2) Donde nace la música, de Gabriela Baigorrí
3) Por cariño y por las dudas también, de Laly Rosales
4) Soy seductora, de Irene Bews
5) Abuelas modelo 2010, de Laly Rosales
6) Como fichas que caen de a poco, de Irene Bews
7) Acampada artística, de Bautista Eusebio
8) La memoria del Tucumán reciente, de Rubén Kotler y Diego Heluani
9) García ácido y gentil, de Guido Mossé
10) Ni una palabra es mía, de Andrea Fernández
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El acto sin metáfora
(Por Carolina Callejón, desde Córdoba)
Normalmente uno se comunica con el otro a través de las palabras. Sin embargo, muchas veces somos testigos de casos en los cuales las palabras no median y esa función es ocupada por las acciones. Cabe aclarar que estas acciones no son comunes: están teñidas de inconsciente y se salen del marco del discurso dando como resultado un estado irreversible.
Pero, ¿qué sucede cuando las palabras no intervienen y son las acciones impulsivas las que aparecen en su lugar? ¿Cuál es el peligro de la ausencia de la metáfora o la fantasía?
Pensar primero
El pasar por la palabra nos obliga a pensar antes de accionar. Lo que no pasamos por la fantasía o por el pensamiento, es decir, por la palabra, es, indefectiblemente, un accionar inconsciente e impulsivo. Y justamente ese es el peligro de estas acciones, que no son más que lo que en Psicoanálisis se conoce como “pasajes al acto”.
El ejemplo clásico de “pasaje al acto” es el suicidio; sin embargo, hay muchos ejemplos de violencia en los que la palabra pareciese no intervenir dando lugar directo a la acción. Un ejemplo reciente de pasaje al acto fue noticia hace poco: una amiga mató a otra de un mazazo en la cabeza. Hace más de 15 años, un odontólogo mató a su mujer, su suegra y sus dos hijas, luego de discutir con una de ellas (el conocido caso Barreda). Qué decir del episodio en el que un adolescente ingresó armado a su colegio de Carmen de Patagones y disparó 13 tiros de los cuales 11 dieron sobre sus compañeros.
Pero no todas las situaciones en las que la palabra no interpela terminan necesariamente en crímenes graves o suicidios. Hay muchos casos cotidianos en los que las consecuencias no son tan extremas, como el chico que le pega a su maestro y viceversa, o el grupo de adolescentes que se da cita en un shopping sólo para agarrarse a trompadas.
Las escenas de “acting out” son importantes a modo de llamados de atención más que elocuentes. Si no son contenidos eficientemente, pueden desembocar en un “pasaje al acto”, es decir, en un estado irreversible. La sociedad parece saturada de ciudadanos actuantes y de “pasajes al acto”. Desde la pelea televisada en directo hasta la noticia de un homicidio en el noticiero ponen de manifiesto la ausencia de palabra.
Prevalece la violencia, la impulsividad, y escasea la reflexión. Pero, ¿cómo lograr que la palabra vuelva a ganar espacio y recupere su capacidad de decir, incluso, más allá de lo que enuncia? En este punto sólo cabe una respuesta: la contención. Tal vez no sea posible prevenir un episodio violento; sin embargo, una contención adecuada y a tiempo puede evitar el desenlace extremo. Nuevamente la palabra es lo único que nos queda; la palabra, como arma irrefutable, es lo que puede salvarnos.(dx)
¡PLUS!
*La autora es psicóloga, y escribe en La Covacha y en su blog personal. El texto fue ilustrado con reproducciones de Roy Lichtenstein.
Normalmente uno se comunica con el otro a través de las palabras. Sin embargo, muchas veces somos testigos de casos en los cuales las palabras no median y esa función es ocupada por las acciones. Cabe aclarar que estas acciones no son comunes: están teñidas de inconsciente y se salen del marco del discurso dando como resultado un estado irreversible.
Pero, ¿qué sucede cuando las palabras no intervienen y son las acciones impulsivas las que aparecen en su lugar? ¿Cuál es el peligro de la ausencia de la metáfora o la fantasía?
Pensar primero
El pasar por la palabra nos obliga a pensar antes de accionar. Lo que no pasamos por la fantasía o por el pensamiento, es decir, por la palabra, es, indefectiblemente, un accionar inconsciente e impulsivo. Y justamente ese es el peligro de estas acciones, que no son más que lo que en Psicoanálisis se conoce como “pasajes al acto”.
El ejemplo clásico de “pasaje al acto” es el suicidio; sin embargo, hay muchos ejemplos de violencia en los que la palabra pareciese no intervenir dando lugar directo a la acción. Un ejemplo reciente de pasaje al acto fue noticia hace poco: una amiga mató a otra de un mazazo en la cabeza. Hace más de 15 años, un odontólogo mató a su mujer, su suegra y sus dos hijas, luego de discutir con una de ellas (el conocido caso Barreda). Qué decir del episodio en el que un adolescente ingresó armado a su colegio de Carmen de Patagones y disparó 13 tiros de los cuales 11 dieron sobre sus compañeros.
Pero no todas las situaciones en las que la palabra no interpela terminan necesariamente en crímenes graves o suicidios. Hay muchos casos cotidianos en los que las consecuencias no son tan extremas, como el chico que le pega a su maestro y viceversa, o el grupo de adolescentes que se da cita en un shopping sólo para agarrarse a trompadas.
Las escenas de “acting out” son importantes a modo de llamados de atención más que elocuentes. Si no son contenidos eficientemente, pueden desembocar en un “pasaje al acto”, es decir, en un estado irreversible. La sociedad parece saturada de ciudadanos actuantes y de “pasajes al acto”. Desde la pelea televisada en directo hasta la noticia de un homicidio en el noticiero ponen de manifiesto la ausencia de palabra.
"El pasar por la palabra nos obliga a pensar antes de accionar"
Prevalece la violencia, la impulsividad, y escasea la reflexión. Pero, ¿cómo lograr que la palabra vuelva a ganar espacio y recupere su capacidad de decir, incluso, más allá de lo que enuncia? En este punto sólo cabe una respuesta: la contención. Tal vez no sea posible prevenir un episodio violento; sin embargo, una contención adecuada y a tiempo puede evitar el desenlace extremo. Nuevamente la palabra es lo único que nos queda; la palabra, como arma irrefutable, es lo que puede salvarnos.(dx)
¡PLUS!
*La autora es psicóloga, y escribe en La Covacha y en su blog personal. El texto fue ilustrado con reproducciones de Roy Lichtenstein.
***¡NUEVO! Suscribite y recibí la edición impresa de DIXI (He dicho) en tu casa.***
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