El día de la mujer innominada
(Por Irene Bews, desde Tucumán)
Me cuesta horrores -terrores- imaginar un sobrenombre más odioso que "Chiche". Un juguete o una mama, o ambas cosas a la vez, se mezclan con el portador del apelativo. El "chiche" también es una cosa bonita, delicada y, por lo común pequeña, según el Diccionario de la Real Academia Española. Me pregunto cuál de todos estos significados ha inspirado al que así bautizó a Hilda Beatriz González, alias "Chiche" Duhalde. Y cuando ya estoy a punto de decir que seguramente hay un hombre detrás del siniestro designio, encuentro un significado que sienta como el pan y la manteca a la ex primera dama. En México, se llama "chiche" a la persona muy blanca o rubia. ¡Esa es nuestra senadora!
Pero más ofensivo que leer en el diario el titular "Chiche envió una carta a la presidenta" es encontrar a renglón seguido que basta un simple "Cristina" para identificar a la jefa de Estado en cuestión. No voy a defender a Fernández de Kirchner, faltaría más: ella se hunde (o salva) sola. En su canoa beligerante, a lo sumo, entra el pingüinesco marido. La dupla parece empeñada en el naufragio de la barca, pero la intención destituyente no justifica que la presidenta sea domésticamente reducida a "Cristina". Aunque ella crea que así está más cerca de Eva.
Que yo recuerde nunca dijimos Raúl para identificar a Alfonsín ni Carlos para (¡ay!) designar a Menem -aunque el riojano devino en "innombrable" después de la denostada década de 1990-. Como sea, nada alivia que Fernández sea Cristina. Tiene apellido, ¡caramba! Ni cristinismo ni cretinismo. Las cosas como son.
Y aunque Buenos Aires tiene la calle Corrientes, conviene darse una vuelta por el pueblo para corroborar que no nos falta una candidata local al complejo de Evita. Beatriz Rojkés es "Betty" para los oprimidos y "la señora" (de Alperovich) para el resto -oprimidos con iPhone y corbata-. Si la (falsa) familiaridad redunda en las urnas, el apodo o el nombre de pila pelado en cabeza de presidentas y parlamentarias huele a ninguneo. ¿O paternalismo? Como si, pese a la declamada igualdad, hombres y mujeres no terminasen de pesar lo mismo en el lenguaje del poder. Lilita lo intuye, por eso se aferra a Carrió. (dx)
Me cuesta horrores -terrores- imaginar un sobrenombre más odioso que "Chiche". Un juguete o una mama, o ambas cosas a la vez, se mezclan con el portador del apelativo. El "chiche" también es una cosa bonita, delicada y, por lo común pequeña, según el Diccionario de la Real Academia Española. Me pregunto cuál de todos estos significados ha inspirado al que así bautizó a Hilda Beatriz González, alias "Chiche" Duhalde. Y cuando ya estoy a punto de decir que seguramente hay un hombre detrás del siniestro designio, encuentro un significado que sienta como el pan y la manteca a la ex primera dama. En México, se llama "chiche" a la persona muy blanca o rubia. ¡Esa es nuestra senadora!
Pero más ofensivo que leer en el diario el titular "Chiche envió una carta a la presidenta" es encontrar a renglón seguido que basta un simple "Cristina" para identificar a la jefa de Estado en cuestión. No voy a defender a Fernández de Kirchner, faltaría más: ella se hunde (o salva) sola. En su canoa beligerante, a lo sumo, entra el pingüinesco marido. La dupla parece empeñada en el naufragio de la barca, pero la intención destituyente no justifica que la presidenta sea domésticamente reducida a "Cristina". Aunque ella crea que así está más cerca de Eva.
"Pero más ofensivo que leer en el diario el titular 'Chiche envió una carta a la presidenta' es encontrar a renglón seguido que basta un simple 'Cristina para identificar a la jefa de Estado en cuestión"
Y aunque Buenos Aires tiene la calle Corrientes, conviene darse una vuelta por el pueblo para corroborar que no nos falta una candidata local al complejo de Evita. Beatriz Rojkés es "Betty" para los oprimidos y "la señora" (de Alperovich) para el resto -oprimidos con iPhone y corbata-. Si la (falsa) familiaridad redunda en las urnas, el apodo o el nombre de pila pelado en cabeza de presidentas y parlamentarias huele a ninguneo. ¿O paternalismo? Como si, pese a la declamada igualdad, hombres y mujeres no terminasen de pesar lo mismo en el lenguaje del poder. Lilita lo intuye, por eso se aferra a Carrió. (dx)
Pasado y futuro de El Cardón
(Por Constanza Zavalla, desde Tucumán / Fotos: Julio Gutiérrez)
Una fachada vetusta de color rosáceo –toda ella testimonio del paso del tiempo-; una ventana con reja colonial y una puerta sin aires de triunfo son la cara física de una eterna protagonista de la cultura tucumana: la peña “El Cardón”.Un poco más allá de la entrada, una biblioteca (llamada “Dr. Antonio Torres”) abierta por las tardes, ofrece libros que desean ser leídos. Un busto de Gregorio Aráoz de Lamadrid da cierta majestuosidad a esa entrada.
Grandes baldosones conducen -entre plantas que predican sobre selvas- a una sala que lleva el nombre de quien fue su presidente honorario, Gustavo Bravo Figueroa. Este es un espacio para conferencias; allí está el piano, testigo amarronado del arte de tantos tucumanos.
Pero, además de música, en estas paredes todavía retumban las voces de los poetas y los recuerdos que dejaron las exposiciones de fotografía y de pintura.
En El Cardón hay obras plásticas de diferentes autores y épocas, quizá pertenecientes a la pinacoteca propia de la institución, algunas de autores renombrados. En un pergamino con marco dorado cuelga la historia de la peña, para ilustrar a los que ocasionales visitantes. La gente de la casa, desde luego, conoce el valor y la historia de esta institución.
"En estas paredes todavía retumban las voces de los poetas y los recuerdos que dejaron las exposiciones de fotografía y de pintura"
Un patio trasero dispone de las mesas y sillas que dan vida a la cantina, donde por tradición siempre hubo una campeona de la Empanada para atender a habitués y turistas que pasan por allí. En una pared del fondo, un listado de benefactores dejaron en la piedra su recuerdo.
¿Cuántos años son muchos?
La casona de calle Las Heras 50 vio pasar, a lo largo de su bicentenaria existencia, infinidad de episodios de la vida tucumana. La vivienda fue construida hacia mediados del siglo XVIII por su primer dueño, don Francisco Javier de Ávila y Godoy, distinguido vecino de la ciudad colonial. En 1809, este caballero se casa con doña Ceferina Aráoz, prima del General Araóz de Lamadrid. La casa de “los Ávila” era la más lujosa del Tucumán de comienzos del siglo XIX y, por ello, centro obligado de las principales reuniones sociales.
Hay quienes incluso aducen que sólo por razones circunstanciales no tuvo la gloria de ser elegida sede del Congreso de 1816.
De todas maneras, el solar entró en la historia patria por acoger, en octubre de 1826, a un Lamadrid que venía herido y derrotado luego de chocar contra las fuerzas federales de Facundo Quiroga, en la batalla de “El Tala”. 150 años más tarde (en 1972), la peña cultural El Cardón adquirió la casa a su última propietaria, Pola Elena Rougés de Barbaglia.
Tres años atrás, un exhibidor transparente recibió a los visitantes con la leyenda “1947 – 2007” para informar sobre los 60 años de funcionamiento de la peña. Talleres diversos (guitarra, folclor y coro) tuvieron a su cargo la misión de mantener activa a esta institución. El hecho de que aún permanezca en pie obliga a conceder a El Cardón la posibilidad de un futuro mejor.(dx)
*La autora es licenciada en Turismo.
El arte de nuestra nueva crítica
"Yuan Mei, escritor chino de la dinastía Qing, decía que la buena cocina no depende de si un plato es grande o pequeño, costoso o barato. Más bien depende de que su autor posea el arte porque, entonces, un trozo de apio o unas hojas de repollo pueden convertirse en delicadezas maravillosas; mientras que si no lo posee, todas las grandes delicadezas y rarezas de la tierra, el mar y el cielo no resultan útiles". Así comienza la postulación de la lectora Anni Nores, ganadora de la segunda edición del concurso "Sé nuestro crítico gastronómico (por un día)".
El jurado, integrado por I. Bews, Laly Rosales y Bruno Juliano -todos representantes de DIXI (He dicho)-, consideró esta mañana que Nores había presentado el argumento más concluyente del certamen. El lector identificado con el seudónimo Tenacius obtuvo el segundo puesto, que lo habilita a reemplazar a la ganadora en caso de ausencia o imposibilidad de disfrutar del premio.
Nores -o Tenacius, si corresponde- tendrá el privilegio y la responsabilidad de degustar, saborear y opinar sobre los platos (y bebidas) de un restaurante de San Miguel de Tucumán. Sus impresiones, comentarios y conclusiones serán publicadas en la sección "DIXI va de bares" de la próxima edición (prevista para finales de marzo de este año).
"Si resulto elegida, prometo descubrir con mis hiperestésicos sentidos si tras el plato en cuestión se esconde un chef que domina el arte -esto es, si sabe hacer lo que hace y lo hace con amor- o todo lo contrario. Luego, pondré en papel todas las observaciones que crea pertinente y no olvidaré los datos que el exigente lector de DIXI siempre busca en la revista. Les aseguro que si todo sale bien, ¡tendrán ganas de devorar el papel..!", expuso ingeniosamente Nores en su postulación. En tanto que Tenacius compuso una oda al blanco y negro que caracteriza a la publicación a modo de presentación: "estoy dispuesto, sea donde sea, a ser su crítico bicromático. Y, obviamente, a disfrutar de una buena comida: ya se me notan las costillas".
El jurado agradece a los lectores que respondieron a la convocatoria y los invita a estar pendientes de futuros concursos. Solicitamos a Nores y a Tenacius que se pongan en contacto con nosotros por medio de nuestra cuenta de Facebook , de esta bitácora o por correo electrónico (revistadixi@gmail.com) para acordar los detalles del premio.
Y para cerrar esta acta, recordamos: "edite et bibite, post mortem nulla voluptas" (comed y bebed, que después de la vida no hay más placer). ¡Gracias! (dx)
El jurado, integrado por I. Bews, Laly Rosales y Bruno Juliano -todos representantes de DIXI (He dicho)-, consideró esta mañana que Nores había presentado el argumento más concluyente del certamen. El lector identificado con el seudónimo Tenacius obtuvo el segundo puesto, que lo habilita a reemplazar a la ganadora en caso de ausencia o imposibilidad de disfrutar del premio.
Nores -o Tenacius, si corresponde- tendrá el privilegio y la responsabilidad de degustar, saborear y opinar sobre los platos (y bebidas) de un restaurante de San Miguel de Tucumán. Sus impresiones, comentarios y conclusiones serán publicadas en la sección "DIXI va de bares" de la próxima edición (prevista para finales de marzo de este año).
"Si resulto elegida, prometo descubrir con mis hiperestésicos sentidos si tras el plato en cuestión se esconde un chef que domina el arte -esto es, si sabe hacer lo que hace y lo hace con amor- o todo lo contrario. Luego, pondré en papel todas las observaciones que crea pertinente y no olvidaré los datos que el exigente lector de DIXI siempre busca en la revista. Les aseguro que si todo sale bien, ¡tendrán ganas de devorar el papel..!", expuso ingeniosamente Nores en su postulación. En tanto que Tenacius compuso una oda al blanco y negro que caracteriza a la publicación a modo de presentación: "estoy dispuesto, sea donde sea, a ser su crítico bicromático. Y, obviamente, a disfrutar de una buena comida: ya se me notan las costillas".
El jurado agradece a los lectores que respondieron a la convocatoria y los invita a estar pendientes de futuros concursos. Solicitamos a Nores y a Tenacius que se pongan en contacto con nosotros por medio de nuestra cuenta de Facebook , de esta bitácora o por correo electrónico (revistadixi@gmail.com) para acordar los detalles del premio.
Y para cerrar esta acta, recordamos: "edite et bibite, post mortem nulla voluptas" (comed y bebed, que después de la vida no hay más placer). ¡Gracias! (dx)
Mis papelerías desiertas
(Por E. Tapia, desde Tucumán)
Me tienen sin cuidado los años y su natuleza impasible a la cosmética y el camuflaje. No me da miedo la madurez, no reniego de sus síntomas. Tampoco pienso demasiado en la vejez; o en que un día -así de fácil- dejé de ser joven para sentirme una mujer adulta. Esta batalla es una derrota anunciada que no me permito perder. Dejémoslo ahí: la edad tiene mucho de quiero y no puedo, para qué abundar en una cuestión irrelevante. E irremediable.
Pero la nostalgia me supera, lo confieso, cuando a finales de febrero, cada año, advierto las papelerías llenas de madres, algunos padres e hijos compenetrados en las compras de útiles escolares. ¡Qué delicia de ritual previo al comienzo de las clases!
Recuerdo mis excursiones a la Librería Sarmiento, cuando ese subsuelo inabarcable para mis sentidos infantiles era sinónimo de la inversión anual en hojas Rivadavia, lápices de colores, ojalillos -me han comentado que los repuestos de hoy ya no los necesitan-, tapas de carpeta, cartucheras y bolsas de papel glacé (siempre preferí el opaco al metalizado). Mi mamá y mi hermana mayor volaban por las góndolas mientras yo acariciaba algún cuaderno estampado con entrañables íconos de la época, que ahora me cuesta enumerar: Snoopy, los protagonistas de Beverly Hills 90210, los New Kids on the Blocks, Luis Miguel... La difícil elección de un cuaderno solía resolverse por el que ofrecía más solidez, que, por añadidura, siempre era el más sobrio y aburrido.
Renglones olvidados
En algún momento dejamos de forrar las carpetas con previsible papel araña de color azul para exhibir avisos de cowboys de Marlboro. Eso sí, el rótulo nunca pasó de moda. Sí fue efímera la lapicera gorda de diez colores, tan frágil como difícil de manipular.
Vuelvo a esos preludios escolares y veo el barrilete de la Voligoma, y me parece escuchar el debate sobre las ventajas y desventajas de reemplazarla por las -entonces modernas- barras de Pritt. Veo reglas, portaminas, carpetones para dibujo, compases, felpas y semicírculos y me pregunto dónde han quedado todos esos útiles, cuántos renglones pasaron al olvido, y por qué la Librería Sarmiento ha desaparecido y en su lugar hay un salón vacío y oscuro.
Quisiera tener 10 años y que nada en el mundo importe tanto como comprar los útiles. No me preocupa haber crecido, me preocupa haber perdido la alegría de los ritos pequeños. ¿Para qué comprar un sacapuntas si ya no puedo ir a la escuela? La nostalgia de papelerías desiertas no se desvanece con resignación. (dx)
Me tienen sin cuidado los años y su natuleza impasible a la cosmética y el camuflaje. No me da miedo la madurez, no reniego de sus síntomas. Tampoco pienso demasiado en la vejez; o en que un día -así de fácil- dejé de ser joven para sentirme una mujer adulta. Esta batalla es una derrota anunciada que no me permito perder. Dejémoslo ahí: la edad tiene mucho de quiero y no puedo, para qué abundar en una cuestión irrelevante. E irremediable.
Pero la nostalgia me supera, lo confieso, cuando a finales de febrero, cada año, advierto las papelerías llenas de madres, algunos padres e hijos compenetrados en las compras de útiles escolares. ¡Qué delicia de ritual previo al comienzo de las clases!
Recuerdo mis excursiones a la Librería Sarmiento, cuando ese subsuelo inabarcable para mis sentidos infantiles era sinónimo de la inversión anual en hojas Rivadavia, lápices de colores, ojalillos -me han comentado que los repuestos de hoy ya no los necesitan-, tapas de carpeta, cartucheras y bolsas de papel glacé (siempre preferí el opaco al metalizado). Mi mamá y mi hermana mayor volaban por las góndolas mientras yo acariciaba algún cuaderno estampado con entrañables íconos de la época, que ahora me cuesta enumerar: Snoopy, los protagonistas de Beverly Hills 90210, los New Kids on the Blocks, Luis Miguel... La difícil elección de un cuaderno solía resolverse por el que ofrecía más solidez, que, por añadidura, siempre era el más sobrio y aburrido.
Renglones olvidados
En algún momento dejamos de forrar las carpetas con previsible papel araña de color azul para exhibir avisos de cowboys de Marlboro. Eso sí, el rótulo nunca pasó de moda. Sí fue efímera la lapicera gorda de diez colores, tan frágil como difícil de manipular.
"La difícil elección de un cuaderno solía resolverse por el que ofrecía más solidez, que, por añadidura, siempre era el más sobrio y aburrido"
Vuelvo a esos preludios escolares y veo el barrilete de la Voligoma, y me parece escuchar el debate sobre las ventajas y desventajas de reemplazarla por las -entonces modernas- barras de Pritt. Veo reglas, portaminas, carpetones para dibujo, compases, felpas y semicírculos y me pregunto dónde han quedado todos esos útiles, cuántos renglones pasaron al olvido, y por qué la Librería Sarmiento ha desaparecido y en su lugar hay un salón vacío y oscuro.
Quisiera tener 10 años y que nada en el mundo importe tanto como comprar los útiles. No me preocupa haber crecido, me preocupa haber perdido la alegría de los ritos pequeños. ¿Para qué comprar un sacapuntas si ya no puedo ir a la escuela? La nostalgia de papelerías desiertas no se desvanece con resignación. (dx)
Teatro, yo te amo
(Por Gabriela Baigorrí, desde Tucumán)
El aleteo del ventilador lucha por hacer un poco más respirable el aire de la tardecita de noviembre. Afortunadamente, y luego de unos instantes frente al entrevistado, la casa prolija se inunda con una brisa fresca y cultural. Entre libros, esculturas, disfraces y anécdotas, Manuel Villarubia Norri (35 años) recibe a DIXI.
Un metro noventa de altura aloja a un artista, un actor, un autor, un transformista y un docente. Cholulo confeso y admirador de las mujeres, confiesa que su arma es la observación y su objetivo, conectarse con la gente.
“Cuando era chico me encantaba imitar. Me llevaban al teatro y veía mucha televisión; novelas, sobre todo. En el tocadiscos escuchaba a Kiss y a Rafaela Carrá y los imitaba a los dos”, dice mientras mueve las manos con expresividad.
Su destino estuvo marcado por un pino. Sí, un pino. Florencia Flor -una cantante para niños que vino de Buenos Aires- hizo un musical en su escuela en el que él actuó de conífera: “ahí ya estaba embelesado con ese mundillo. Mi debut protagónico fue en ‘La peluquería de Don Mateo’: hacía el personaje de Rolo Puente. Era la primera vez que salía a escena ante la mirada de la escuela, un gran desafío. Fue una emoción …Tenía la adrenalina a tope”.
¡Todos se reían!
Y parece que quería seguir sintiendo eso porque, a partir de allí, las tablas se convirtieron en su hábitat. Luego de un paseo por la Facultad de Arquitectura (es hijo de arquitectos), desembocó en la de Artes.
“Un día me di cuenta de que no quería diseñarle la vida a la gente, ni enseñarle a vivir, sino que anhelaba encontrarme con el público. Ese descubrimiento me cambió la vida”, resume y sus ojos saltan como los de un narrador que anticipa que lo mejor de la historia está por llegar. “Cuando estudiaba Teatro, tuve que rendir un examen corporal. Era un trabajo con un objeto grande. Yo elegí una carretilla, algo oxidada y filosa, para simbolizar el esfuerzo de la clase sometida, el peso en las espaldas”, relata serio. El cuadro dramático tuvo un efecto inesperado en el público... “¡Todos se reían!”, estalla mientras señala que tuvo una crisis por esta reacción imprevista.
“Un año más tarde ví el video y dije ‘¡no puede ser!’ Ahora entiendo… tenía que hacer comedia. Era ridículo ver a mi cuerpo longilíneo, con una gran nariz, cargando una carretilla que me quedaba chica”.
Después llegaron el melodrama, el café concert y el transformismo, su actividad principal. “Apareció por casualidad. No lo elegí, creo que las cosas te eligen”. Sus colegas lo animaron para imitar a las grades divas del espectáculo argentino. Moria Casán fue su primer amor, seguidas de Graciela Borges, Susana Giménez y Mirtha Legrand. “Susana es mi preferida porque se hizo sola y creó su propia empresa. Me parece un ejemplo de perseverancia, trabajo y disciplina”, desliza para luego asegurar que él es un bicho raro entre los que prestan su cuerpo a personajes de otro sexo: “va más allá del taco y la peluca. Soy demasiado ideológico. En mis shows siempre trato de bajar línea. No me interesa sólo el maquillaje, me importa saber dónde estoy parado, dónde piso y dónde, como dice la canción de Mónica Posse, hay que meter las manos”.
Así como se define, los tucumanos ya lo compraron. Anima desde comuniones hasta despedidas de solteros y sus presentaciones aptas para todo público se multiplican en tropel. A veces tiene cinco por día.
La docencia es otra de las facetas de Manuel. “Trabajo para estimular a los chicos. Trato de darles lo que me gustaría haber tenido a esa edad”, comenta entusiasmado. “A él le interesa divertir a la gente, por ahí va la cosa”, irrumpe Ángela Gómez. “En las reuniones familiares, cuando cada uno empieza a hablar de sus problemas, entra con un personaje y descomprime”, qué mejor definición para cerrar la entrevista que la de su mamá. “La gente quiere que la hagan reír y él lo hace”, finaliza llevándose consigo todas las palabras. (dx)
¡PLUS!
En el árbol genealógico de Manuel hay:
-Un papá, el arquitecto Varón Villarubia Norri, que fue escenógrafo en Nuestro Teatro, el primer grupo independiente de teatro de la provincia. Participó en 21 obras.
-Un tío abuelo, Pompilio Villarubia Norri, que se destacó como escultor. Vivió en Roma, se casó con una condesa y fue amigo de Lola Mora. Es el autor de “La parábola”, una escultura que está tristemente abandonada frente al cementerio del Oeste.
-Un tío homónimo que fue pintor. Hizo la escenografía de la película “Así es Buenos Aires”, con Carlos Gardel.
*La autora es periodista y colabora en DIXI (He dicho) desde el número XIV.
El aleteo del ventilador lucha por hacer un poco más respirable el aire de la tardecita de noviembre. Afortunadamente, y luego de unos instantes frente al entrevistado, la casa prolija se inunda con una brisa fresca y cultural. Entre libros, esculturas, disfraces y anécdotas, Manuel Villarubia Norri (35 años) recibe a DIXI.
Un metro noventa de altura aloja a un artista, un actor, un autor, un transformista y un docente. Cholulo confeso y admirador de las mujeres, confiesa que su arma es la observación y su objetivo, conectarse con la gente.
“Cuando era chico me encantaba imitar. Me llevaban al teatro y veía mucha televisión; novelas, sobre todo. En el tocadiscos escuchaba a Kiss y a Rafaela Carrá y los imitaba a los dos”, dice mientras mueve las manos con expresividad.
Su destino estuvo marcado por un pino. Sí, un pino. Florencia Flor -una cantante para niños que vino de Buenos Aires- hizo un musical en su escuela en el que él actuó de conífera: “ahí ya estaba embelesado con ese mundillo. Mi debut protagónico fue en ‘La peluquería de Don Mateo’: hacía el personaje de Rolo Puente. Era la primera vez que salía a escena ante la mirada de la escuela, un gran desafío. Fue una emoción …Tenía la adrenalina a tope”.
¡Todos se reían!
Y parece que quería seguir sintiendo eso porque, a partir de allí, las tablas se convirtieron en su hábitat. Luego de un paseo por la Facultad de Arquitectura (es hijo de arquitectos), desembocó en la de Artes.
“Un día me di cuenta de que no quería diseñarle la vida a la gente, ni enseñarle a vivir, sino que anhelaba encontrarme con el público. Ese descubrimiento me cambió la vida”, resume y sus ojos saltan como los de un narrador que anticipa que lo mejor de la historia está por llegar. “Cuando estudiaba Teatro, tuve que rendir un examen corporal. Era un trabajo con un objeto grande. Yo elegí una carretilla, algo oxidada y filosa, para simbolizar el esfuerzo de la clase sometida, el peso en las espaldas”, relata serio. El cuadro dramático tuvo un efecto inesperado en el público... “¡Todos se reían!”, estalla mientras señala que tuvo una crisis por esta reacción imprevista.
“Un año más tarde ví el video y dije ‘¡no puede ser!’ Ahora entiendo… tenía que hacer comedia. Era ridículo ver a mi cuerpo longilíneo, con una gran nariz, cargando una carretilla que me quedaba chica”.
“Un día me di cuenta de que no quería diseñarle la vida a la gente, ni enseñarle a vivir, sino que anhelaba encontrarme con el público"
Después llegaron el melodrama, el café concert y el transformismo, su actividad principal. “Apareció por casualidad. No lo elegí, creo que las cosas te eligen”. Sus colegas lo animaron para imitar a las grades divas del espectáculo argentino. Moria Casán fue su primer amor, seguidas de Graciela Borges, Susana Giménez y Mirtha Legrand. “Susana es mi preferida porque se hizo sola y creó su propia empresa. Me parece un ejemplo de perseverancia, trabajo y disciplina”, desliza para luego asegurar que él es un bicho raro entre los que prestan su cuerpo a personajes de otro sexo: “va más allá del taco y la peluca. Soy demasiado ideológico. En mis shows siempre trato de bajar línea. No me interesa sólo el maquillaje, me importa saber dónde estoy parado, dónde piso y dónde, como dice la canción de Mónica Posse, hay que meter las manos”.
Así como se define, los tucumanos ya lo compraron. Anima desde comuniones hasta despedidas de solteros y sus presentaciones aptas para todo público se multiplican en tropel. A veces tiene cinco por día.
La docencia es otra de las facetas de Manuel. “Trabajo para estimular a los chicos. Trato de darles lo que me gustaría haber tenido a esa edad”, comenta entusiasmado. “A él le interesa divertir a la gente, por ahí va la cosa”, irrumpe Ángela Gómez. “En las reuniones familiares, cuando cada uno empieza a hablar de sus problemas, entra con un personaje y descomprime”, qué mejor definición para cerrar la entrevista que la de su mamá. “La gente quiere que la hagan reír y él lo hace”, finaliza llevándose consigo todas las palabras. (dx)
¡PLUS!
En el árbol genealógico de Manuel hay:
-Un papá, el arquitecto Varón Villarubia Norri, que fue escenógrafo en Nuestro Teatro, el primer grupo independiente de teatro de la provincia. Participó en 21 obras.
-Un tío abuelo, Pompilio Villarubia Norri, que se destacó como escultor. Vivió en Roma, se casó con una condesa y fue amigo de Lola Mora. Es el autor de “La parábola”, una escultura que está tristemente abandonada frente al cementerio del Oeste.
-Un tío homónimo que fue pintor. Hizo la escenografía de la película “Así es Buenos Aires”, con Carlos Gardel.
*La autora es periodista y colabora en DIXI (He dicho) desde el número XIV.
Acampada artística
(Por Bautista Eusebio, desde Tucumán)
En esta carpa conviven artistas jóvenes de Argentina y Uruguay (Aníbal Buede, Verónica Meloni, Ilze Petroni, Sebastián González, Camilo Guinot, Juan Manuel Ipiña, Martín Guiot, Bruno Juliano, Javier Soria Vázquez, Irina Svoboda y Sofía Dabarca). La convivencia se define en y por la creación. Los creadores, a su vez, se permiten descansar en las consignas del curador chileno Jorge Sepúlveda T. Sepúlveda les dice: “colóquense en una situación donde no puedan ubicar aquello que sí saben hacer, que los obligue a indagar sobre lo desconocido”.
Lo desconocido aparece de a poco en un blog asociado a la evolución del “Social Summer Camp”. El blog es colectivo (como este de DIXI –He dicho-) y los autores publican videos, fotografías, fotomontajes, diseños digitales y textos propios y ajenos. Ajenos a todo, próximos a ninguna parte, los campamentistas producen para una geografía sin límites desde la sede de Villa Alegre (Región del Maule, Valle Central de Chile).
Qué es lo que hacen exactamente es otra cosa. Se sabe que fueron allí convocados por Sepúlveda, que el “Social Summer Camp” comenzó el 10 de febrero y que concluirá el próximo 24. La carpa supone una licencia literaria: Villa Alegre es, en realidad, una vieja casona de adobe. La residencia apela a la interacción en la vida cotidiana y a que la labor funcione en virtud del deseo y no por objetivos.
Así, Juliano (tucumano y responsable del diseño de DIXI He dicho -por su ausencia hemos sabido del campamento de verano-) parafrasea a Isidoro Blaisten en la composición “Más vale pájaro en mano que cien volando”. Juliano dice que Blaisten dice: “eso le enseñaron. Lo mamó desde la cuna. Lo oyó desde sus primeros pininos. Se hizo carne en él. Entonces dejó volar los noventa y nueve pájaros y apretó fuerte, bien fuerte, el que tenía en la mano. El pájaro murió asfixiado”. Nuestro artista encontró su centenar de aves en un momento de Chile. Su deseo era numerarlas (no enumerarlas) y que vuelen. Los números quedan, las alas se pierden.
Esta carpa se mueve, se dobla, se suelta. Sus ocupantes entran y salen con lamparitas encendidas en la cabeza. Tiene dos estacas en el aire y dos en la tierra. La estructura toda cede al arte de la conversación y el hacer. Hacer por verdadero, apasionado y verborrágico amor al arte. (dx)
En esta carpa conviven artistas jóvenes de Argentina y Uruguay (Aníbal Buede, Verónica Meloni, Ilze Petroni, Sebastián González, Camilo Guinot, Juan Manuel Ipiña, Martín Guiot, Bruno Juliano, Javier Soria Vázquez, Irina Svoboda y Sofía Dabarca). La convivencia se define en y por la creación. Los creadores, a su vez, se permiten descansar en las consignas del curador chileno Jorge Sepúlveda T. Sepúlveda les dice: “colóquense en una situación donde no puedan ubicar aquello que sí saben hacer, que los obligue a indagar sobre lo desconocido”.
Lo desconocido aparece de a poco en un blog asociado a la evolución del “Social Summer Camp”. El blog es colectivo (como este de DIXI –He dicho-) y los autores publican videos, fotografías, fotomontajes, diseños digitales y textos propios y ajenos. Ajenos a todo, próximos a ninguna parte, los campamentistas producen para una geografía sin límites desde la sede de Villa Alegre (Región del Maule, Valle Central de Chile).
"Retrato con remera amarilla y dalia"./IRINA SVOBODA (FOTO: JAVIER SORIA VÁZQUEZ)
Qué es lo que hacen exactamente es otra cosa. Se sabe que fueron allí convocados por Sepúlveda, que el “Social Summer Camp” comenzó el 10 de febrero y que concluirá el próximo 24. La carpa supone una licencia literaria: Villa Alegre es, en realidad, una vieja casona de adobe. La residencia apela a la interacción en la vida cotidiana y a que la labor funcione en virtud del deseo y no por objetivos.
"Ajenos a todo, próximos a ninguna parte, los campamentistas producen para una geografía sin límites"
Así, Juliano (tucumano y responsable del diseño de DIXI He dicho -por su ausencia hemos sabido del campamento de verano-) parafrasea a Isidoro Blaisten en la composición “Más vale pájaro en mano que cien volando”. Juliano dice que Blaisten dice: “eso le enseñaron. Lo mamó desde la cuna. Lo oyó desde sus primeros pininos. Se hizo carne en él. Entonces dejó volar los noventa y nueve pájaros y apretó fuerte, bien fuerte, el que tenía en la mano. El pájaro murió asfixiado”. Nuestro artista encontró su centenar de aves en un momento de Chile. Su deseo era numerarlas (no enumerarlas) y que vuelen. Los números quedan, las alas se pierden.
"Post-mar"./SEBASTIÁN GONZÁLEZ
Esta carpa se mueve, se dobla, se suelta. Sus ocupantes entran y salen con lamparitas encendidas en la cabeza. Tiene dos estacas en el aire y dos en la tierra. La estructura toda cede al arte de la conversación y el hacer. Hacer por verdadero, apasionado y verborrágico amor al arte. (dx)
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